O al menos lo ha sido este fin de semana. Desde el pasado viernes hasta la noche de ayer domingo, hemos celebrado con ahínco el bodorrio de José Miguel y María Isabel (ya era hora, queridos). Y salvo el calor pegajoso que nos ha acompañado durante los tres días y el
“extraño” paseo marítimo de Alicante, con suelo de gresite modelo años 70, (no
is different por eso) todo lo demás ha estado a pedir de boca.
Pero no son estas líneas las que van a contar todo lo que hemos hecho y lo bien que lo hemos pasado durante estos tres días. No, no es eso. Porque, además, tendría que dedicar muchas entradas de este humilde blog para contarlo. Han sido muchas sensaciones, muchas risas, muchos momentos emotivos, como para que todo quede resumido en unas líneas.
Me voy a quedar para contar aquí sólo con algo, que quizás sea lo que más nos ha llegado a mi mujer, a Cristina Navarro, a Fernando Pérez y a mí, los que desde Sevilla nos hemos desplazado para el grandioso evento en compañía de la familia Barrón, la parte contratante de la primera parte, como diría Groucho.

Desde que nos montamos el viernes por la mañana en el autobús que nos llevó hacia la ciudad levantina, todo han sido atenciones para con nosotros. Los padres de Josemi y sus hermanos, con lo que supone la boda de un hijo/hermano, nos han tratado como parte de ellos mismos, compartiendo todo cuanto tenían en iguales con el resto de su familia. Junto a esto que cuento, que no por educado deja de ser elegante, hay que añadir la perfecta preparación y la “intendencia” del viaje: he descubierto que si algún día quiero organizar algo, para que
no farte de ná les llamaré a ellos, pues en el autobús no faltó absolutamente de nada. Ya me entienden, hablo de esas botellitas pequeñas rellenas de extracto de cebada y de -por ejemplo- esos manjares de carne aliñada y frita llamados chicharrones, entre otras
delicatessen de nuestra tierra.
Pero no debe quedar todo en esto. Sé bien que la imagen de la Esperanza Macarena que había sobre la mesa de altar durante la ceremonia fue cosa de ellos. Aquello, en la distancia, a los que vemos en el rostro de Ella a la Madre de Dios, nos llegó muy adentro. Por eso creo que las palabras del sacerdote a los novios en la homilía vinieron muy a propósito:
“reservad siempre algo del vino bueno…” Los novios seguro que reservarán algo de ese vino, que en realidad es parte de su vida. Sus padres nos lo han ofrecido sin miramientos durante estos días: nos dieron lo mejor que tenían, que es lo mejor de ellos mismos. ¿Hacía falta algo más para que todo fuera perfecto? Creo que no.

Cum laude, por tanto, para
don Miguel Barrón y doña Pepi García, por su extrema delicadeza y cortesía; por su saber estar en el sitio; por su altura de miras; por tener el gesto y la palabra adecuados en cada momento; en suma, por ser como son, sin querer serlo y mucho menos parecerlo. Esa es una virtud de grandeza, reservada sólo para unos pocos. Y cum laude también para sus hijos
Álvaro y Fernando -ya saben: de tal palo tal astilla, que dice en refrán- sevillanos duchos en el dominio de la lengua y los idiomas, que nos enseñaron unas pocas palabras y frases en
valenciá que nos sirvieron de gran ayuda, sobre todo para pedir el desayuno. Gracias, una vez más a todos, en nombre de los que nos colamos por tres días en vuestras vidas.
Por eso para nosotros, desde ahora mismo y para siempre,
Alicante is different.
Fotos:
- Plaza de la Iglesia, en Ibi (Alicante). A la derecha, la Iglesia de la Transfiguración del Señor, lugar de la ceremonia religiosa.
- Salón del Gran Casino Liceo de Alicante, donde se celebró el enlace.