
Siempre es digno de respeto y también de admiración el que una persona lleve 75 años en una entidad, fiel a sus normas y principios, siendo parte activa de la misma y sintiéndose orgulloso de pertenecer a ella. Hoy día, encontrar a personas así se me antoja harto difícil. Aún quedan viejos especímenes, a los cuales les daría la mayor de las categorías que la Unesco u organismo internacional similar me permitiera. Pero seguro que no la aceptarían, prefiriendo seguir en el anonimato, como la persona a quien van dirigidas, con cariño, mucho cariño, estas líneas.
Por estar en las fechas que estamos, ustedes que esto leen ya imaginarán que voy a hablar de alguien que cumple toda esta cantidad de años en una Hermandad. Pues bien, han acertado. Pero lo que no van a saber es el nombre. Digamos el pecado, no el pecador. Le quitaríamos el encanto a estas líneas y a él, seguro, no le gustaría nada.
Discúlpenme por hablar de alguien a quien la mayoría de ustedes quizás ni conozcan y permítanme, una vez más, que este blog sea un poco egoísta, por contar cosas sólo mías.
Me tocó conocerlo hace unos años, poco después de conocer a la que hoy es mi mujer. También conocí a los suyos: su esposa, su hija, su yerno y sus nietos. Hay extraños lazos entre todos nosotros, su familia y la mía, que no sé explicar bien: ni por qué llegaron ni por qué se mantienen ni por qué se estrechan. Pero como las meigas,
haberlos, haylos.
Es un hombre prudente, que me produce respeto, pero respeto de ese sano que tenemos por aquellas personas de las que sabemos que podemos aprender y que también sabemos (y esto es importante) que siempre estarán ahí. También me produce acercamiento y confianza. Y ganas de oírlo, cuando me cuenta cosas.
Junto a esto, también veo que se porta bien con aquellos a los que yo tengo cerca. Que los quiere, vamos. Y que, a pesar de su edad, mantiene un buen puñado de ideas muy claras, que me producen cierta envidia.
Eso sí, es “pelín” nervioso. Viene algunas veces a verme a mi trabajo y antes de decirme hola ya me ha dicho adiós “por no molestar”. Ni un duro me he gastado en café con él, no me da tiempo: su visita tan sólo me cuesta, a veces, un cigarro. Bueno solo medio cigarro, que es lo que me da tiempo a fumar porque se va corriendo. Y eso que está jubilado y no tiene nada que hacer, aparentemente.
Sabe de cofradías y mucho. Y de Triana más todavía. Le encanta controlar los horarios cuando estamos en la Avenida viendo las procesiones en Semana Santa. Y se indigna con los retrasos. Los que le conocemos nos reímos cariñosamente con esto. El día que tenga dinero le regalaré un reloj.
Puede presumir de apellido, pero no lo hace. También puede presumir de manigueta y de número y nunca le escuché un comentario a estos respectos. Esto me dice mucho de él.
El domingo, Dios mediante, en la comida de su hermandad, le reconocerán sus primeros setenta y cinco años de fidelidad, a él, sólo a él. Fidelidad a la letra más redonda del abecedario, a la calle con nombre de comunidad autónoma. Me gustaría estar allí, pero mis obligaciones en la Puerta de Carmona me lo impiden. Él y los suyos lo saben y me perdonarán la falta.
Por eso, estas torpes líneas son nuestro abrazo sincero, el que mi mujer y yo no le podremos dar el domingo.
Un abrazo por un merecido premio, que lo sentimos como si se lo dieran a uno de los nuestros.
Pero… ¿acaso tú no eres
UNO DE LOS NUESTROS?
P.D.: El lunes seguro que nos veremos en el Vía Crucis del Buen Fin. Te dejo que nos invites a unos tintos con unas tortillitas de camarones. Pero encárgate tú de eso, que tu amigo nos las quiere dar crudas…