LA PRIMERA EN LA CAMPANA
En el viejo radiocasette que hace años su padre le trajo de Canarias seguían sonando los acordes de la Centuria Macarena, que para nada le distraían de las teorías químicas que repasaba, cuando reparó en que aquellas partículas no eran producto de su imaginación, ni tampoco eran restos del estudio en el que se veía inmiscuido: eran de la ceniza recibida hacía unas horas en el segundo día de Quinario de su Hermandad. El humo que desprendía el cenicero -azulado del Ducados y blanco puro del incienso- revoloteaba sobre el haz de luz que desprendía la lamparita de estudio, conformando fugaces dibujos en el aire que se le comenzaban a antojar los tallados del canasto de un pasocristo.
Como por arte de magia, entre simbología de ácidos y anhídridos, se le vino aquella frase a la memoria: “Ya queda menos…”
El sueño le comenzaba a pasar la primera de las facturas de la noche, y por más que lo intentaba sus apuntes se le hacían cada vez más pesados -al igual que sus párpados- y su memoria comenzaba a distraerse desde las valencias de los gases nobles hacia el solo de corneta de la marcha “Milagrosa”. El tambor del Hidalgo y la corneta del Solís, ganaban poco a poco, una incruenta batalla aquella noche en su intelecto frente al Argon, Kripton, Xenon y Radon.
“¿Y por qué ahora?” se preguntó, para añadir “debiera estar prohibido”. Y se conjuró asimismo para afirmar en su interior que si algún día se dedicaba a la enseñanza, sería benévolo en las fechas de los exámenes con los alumnos que, como a él, a tan sólo 40 días de la Semana Santa, ya le olían las manos no a azahar sino a tarniché, algodón mágico y cera de Bellido.
Eran algunos los exámenes que aún le quedaban antes de que la primera estuviera en la Campana y con el grupo de amigos del Instituto había jurado solemnemente que el Viernes de Dolores sería día completo de rabonas, para ir a ver… ¿qué? ¿qué verían, si las Iglesias a esas horas de la mañana solían estar cerradas? “A respirar Sevilla”, dijo uno de ellos. Pues sí, a eso irían.
Eso pretendía ahora, cuando el reloj se acercaba temeroso a las 2 de la madrugada: respirar Sevilla, en su propia habitación, mientras todos en su casa ya dormían. Por eso le sonaban de fondo las cornetas del que acompañan al Rey de Reyes de la Resolana en la noche más grande de Sevilla y seguían ardiendo sobre el cenicero el carbón y el incienso que se trajo aquella misma noche de la Hermandad. Para evitar que su dormitorio se cargara de humo y aquello pareciera más la ribera del Támesis que del Guadalquivir, debía tener la ventana algo abierta y cierto biruji friolero -junto con los reflejos de la luna redonda de aquella noche- se apoderaron de la estancia. Pero el frío nunca fue el enemigo. La lluvia sí.
Y aquella noche olía a Sevilla. O al menos eso le parecía.
Conforme pasaban los minutos su concentración en lo necesario -que no lo importante- era menor. Había llegado ya el momento de cortar con los apuntes, porque ahora sí que las Legiones de Roma y los aromas de Santizo habían vencido a Melvin Calvin, Alexander R. Todd y Theodore William Richards, aquellos que sabrían mucho de formulación y teorías químicas pero poco de incienso, vainilla y carbón, la fórmula magistral que él sí que conocía. Y ya de camino, puestos a olvidar, pues olvidar por un rato a aquel barbudo madrileño que le había tocado en suerte en su curso y que más se parecía a un sanedrita salido de las manos de Castillo que a todo un profesor de Instituto.
Salió de su dormitorio, en el silencio de la noche, y se dirigió a la cocina. Quería acabar el día, antes de dejarse caer en brazos de Morfeo, dándole la espalda al hidróxido de cal y al sulfuro de zinc y echadlos a pelear con otra mezcla de elementos, con más química sentimental que científica.
Con la lentitud que se le imprime a las cosas importantes, tomó un plato de postre y una cucharilla de café. Y de forma solemne, apartó el papel de plata que cubría la fuente. Ese era el mejor final, la mejor formulación que ni siquiera Alfred Nobel hubiera podido nunca imaginar. Con una sonrisa en sus labios, marchó de nuevo a su dormitorio: era hora de dormir.
Mientras saboreaba el último bocado de la torrija de mamá y la miel le rodeaba cada una de las entrañas de su paladar, su pensamiento se fue de nuevo a la frase que tanto había repetido durante el día: “ya queda menos: solo 40 días para la gloria”.
Si mañana no había un poco de suerte, ya habría tiempo más adelante para recuperar su examen de Química. Ahora quería soñar.
Soñar con la primera en la Campana.